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Un tecnólogo en Macondo - 8. página

Desbaratando el pensamiento mágico en la tecnología

El Garrahan necesita la verdad tanto como a las tapitas

El título de esta entrada no significa que despreciemos o neguemos la importancia de la campaña. Al contrario, la hemos apoyado y alentado tanto desde este espacio como en las escuelas en las que trabajamos. Sin dudas, la campaña del Hospital Garraham convocando a la comunidad a donar tapitas de gaseosas, ha logrado mucho: por ejemplo, que el dinero de la venta se destine a la construcción del nuevo Centro de Atención Integral del Paciente Oncológico de un Hospital que es el máximo referente de salud pública, gratuita y de alta complejidad pediátrica de la Argentina.

Pero semejante tarea necesita también, imperiosamente y urgentemente, de la verdad.

Leyendo el libro «La Argentina fumigada» de Fernanda Sández, me encuentro con el relato de Mechi Méndez, una enfermera de Cuidados Paliativos en Oncología Pediátrica del Garrahan. Ella cuenta lo que sucede puertas adentro: «se atiende a Fulanito que tiene una leucemia» dice, «no a Fulanito que tiene una leucemia y viene de un pueblo fumigado. El tema es que lo otro no lo ven, se van a seguir produciendo enfermos».

Se trata de nada menos que el crudo relato de quién vive en carne propia el sufrimiento ajeno. No se lo han contado. Lo ve todos los días en muchos de los niños a su cuidado.

En el video a continuación la enfermera Méndez, que además ha creado un canal de You Tube como ayuda en su esfuerzo en concientizar y comprometer a directivos, médicos y personal intermedio del hospital, cuenta su derrotero desde que se percató del problema en 2011.

La historia completa de esta lucha y otras, se relatan en el libro de Fernanda, de imprescindible lectura.

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La hipocresía se viste de rosa

Escribe la periodista, investigadora y escritora Fernanda Sández en su libro «La Argentina fumigada – Agroquímicos, enfermedad y alimentos en un país envenenado», editado por Planeta: 

(…) A excepción de la producción orgánica o agroecológica, no hay cultivo en nuestro país -no importa si peras, papas, acelgas, soja o los árboles para la industria forestal- que no reciba una enorme carga química a lo largo de todo su ciclo. Así lo han comprobado trabajos tanto del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) como de varias universidades nacionales. Parte de esa química permanece en las frutas, hojas y cereales que comemos, y de allí el establecimiento de algo llamado «límite máximo de residuos» o LMR. Esto es, la cantidad de restos de pesticidas que (dice la industria, dice el Estado a través de sus organismos, dicen todos los que lucran con esta naturalización de lo que no lo es) podemos comer sin que nuestra salud se vea afectada. (…) Para el neolenguaje de la tranquilidad -el idioma que hablan al unísono empresas, profesionales de la agronomía, aplicadores de plaguicidas, el Estado y todos aquellos involucrados en el floreciente negocio de la agricultura química- no hay nada de qué preocuparse. Más aún: todo esto es no solo aceptable sino indispensable. Es, aseguran, comer venenos o quedarse con la panza vacía. No hay, insisten, ninguna otra respuesta posible frente al hambre. (…) Al mismo tiempo, el agronegocio seguirá repicando su campana pacificadora: podemos comer tranquilos. Comer día tras día, comida tras comida, pequeñas dosis de insecticidas, funguicidas, herbicidas y unos cuantos ‘cidas’ más que no solo se pueden rastrear en la comida, sino también en nuestros propios cuerpos. La industria miente, la sangre no.

En esta Argentina sojera en la que todos somos el campo pero no entramos en el reparto de las ganancias,  el neolenguaje de la tranquilidad del que habla Sández a veces también se traduce en gestos y señales: fue presentada en Expoagro 2017 una silobolsa -de esas que los sojeros usan para acumular más y más semilla cuando los silos de metal ya no alcanzan-  de color rosa, cuyo objetivo es colaborar en la lucha contra el cáncer. Cada productor que compre estas bolsas estará donando 10 dólares: ocho se destinarán a la Fundación para combatir la leucemia (Fundaleu) y dos al sector oncológico del hospital Santamarina de Tandil.

Más adelante en el libro de Sández, refiriéndose a investigaciones de entidades y universidades de los EE.UU. acerca de la toxicidad de los herbicidas como el 2,4-D, la autora dice:

Una de esas investigaciones (…) demostró que los agricultores expuestos al 2,4-D tenían hasta seiscientas veces más chances de desarrollar cáncer linfático. (…) En la Argentina se lo aplica en el cultivo de trigo, cebada, centeno, arroz, sorgo, maíz caña de azúcar, lenteja y papa. (…) Es uno de los herbicidas más utilizado en nuestro país, en especial desde que el glifosato (…) comenzó a mostrarse impotente ante el avance de malezas cada vez más aguerridas.

La iniciativa de las bolsas rosas luce como una buena causa, sin dudas. Salvo que la sangre no miente. 


Fuente: AgroVoz
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¿Quién gana y quién pierde con la automatización?

Semanas atrás nos referíamos en este espacio al proyecto presentado en la Comisión Europea proponiendo las seis leyes de la robótica, una especie de remedo de las 3 leyes de Asimov que revela hasta que punto el tema dejó de ser producto de la ciencia ficción desde hace mucho tiempo, para convertirse en un debate de profundas implicancias y con resultado imprevisible.

Uno de los puntos más controvertidos de la propuesta europea, decíamos en aquel artículo, es que de aprobarse los robots deberán pagar impuestos como una forma de reducir el impacto social del desempleo provocado justamente por su uso.

En medio de todo este debate, no deja de sorprender que el propio Bill Gates haya propuesto algo parecido hace un par de semanas: en un articulo publicado por BBC Mundo, el multimillonario fundador de Microsoft sugirió que parte del financiamiento de las nuevas actividades realizadas por robots  -reemplazando al operador o empleado humano- podría proceder de los impuestos sobre las ganancias generadas por el ahorro en pago de mano de obra derivado de la automatización.

Las palabras de Gates despertaron curiosidad e interés, no sólo por ser él mismo parte fundante de la industria que habilitó un avance sin precedentes en el área, sino además por su mirada del otro lado del mostrador: algunos economistas afirman que la automatización barata ya desvió los ingresos de los trabajadores hacia los propietarios de las empresas. 

La discusión sobre la diferencia entre la máquina que complementa al hombre y la que lo reemplaza marcó el origen mismo de la Revolución Industrial con el movimiento ludita, una breve pero violenta revolución encabezada por artesanos ingleses en el siglo XIX que protestaban contra las nuevas máquinas -el telar industrial y la máquina de hilar. Ellos se sabían amenazados por esas tecnologías que reemplazaban a los artesanos con trabajadores menos calificados y de salarios más bajos, dejándolos sin trabajo.

Esta discusión se continuó a través de las épocas, centralmente desde el punto de vista del trabajador. Dudas cuasi filosóficas tales como si la máquina reemplazará al hombre o qué hacer con la mano de obra desempleada por la automatización ocultaron un debate que, sospechamos, es hacia donde apuntan los economistas: cada centavo que se ahorra de pagarle al trabajador humano queda ahora en el bolsillo del empresario. Un reparto más justo se hace necesario.

Gates sugiere a los gobiernos que eleven los impuestos y reduzcan la velocidad de la automatización, de modo que pueda gestionarse el proceso desplazamiento de trabajadores en un amplio rango de empleos. El impuesto a los robots permitiría financiar, dice, el entrenamiento de las personas desplazadas por la automatización para empleos en los cuales los seres humanos son especialmente aptos, como el cuidado de los ancianos o la educación de los niños.

En respuesta a esto, algunas compañías tecnológicas sugieren que sean los consumidores y no las empresas las que paguen ese impuesto, ya que el costo de los productos fabricados por los robots es menor. Siempre y cuando, añadiríamos nosotros, los empresarios ajusten los precios a valores que realmente reflejen ese cambio tecnológico. En tiempos en que, por usar un ejemplo, el petróleo baja y el combustible sigue subiendo, se hace difícil confiar en semejante gesto de su parte.

Varios especialistas están trabajando en propuestas superadoras a la idea del impuesto, que anticipan podría perjudicar la automatización al frenar la innovación. Una de esas propuestas es que el Estado baje los impuestos a los trabajadores humanos y redistribuya mejor los ingresos de los robots.

Mientras tanto, los que pierden en este juego parecen ser siempre los mismos. Y los que ganan, también.


Fuentes: Suplemento Economía de Clarín – BBC Mundo
Imagen: Media Telecom
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Glifosato en la orina de los marplantenses

Según informa Ecoportal.net, un estudio realizado por la Asociación Civil Bios en el partido General Pueyrredón en la provincia de Buenos Aires, arrojó como resultado que tanto habitantes de zonas rurales como urbanas tenían glifosato o su metabolito en la orina.

En la ciudad de Mar del Plata, cabecera del partido, la orina del 70% de las personas sometidas al estudio contenía glifosato.

Silvana Buján, referente de Bios, lo cuenta en una gacetilla de prensa:

«Hicimos una prueba con muestras de orina de personas que viven en ámbitos urbanos y con personas que se encuentran en ámbitos rurales pensando que íbamos a encontrar diferentes resultados y no fue así, ambas poblaciones tenían glifosato o su metabolito, es decir, lo que se genera en el cuerpo cuando el glifosato se metaboliza. (…) Lo que encontramos es que la mayoría de nuestros alimentos industrializados contiene algo con soja, ya sea lecitina de soja, harina o proteína. Por otra parte el agua y los suelos, aunque no sean rociados con glifosato, lo reciben por la lluvia.”

Buján menciona también los resultados de los muestreos realizados entre octubre de 2012 y abril de 2014 en las provincias de Bs. As., Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos -dimos cuenta de ellos en su momento en este blog. El glifosato fue el herbicida más detectado con 90% de resultados positivos. 

El glifosato fue calificado como “cancerígeno” por la Organización Mundial de la Salud y pese a su impacto en el medio ambiente y en la salud humana, es el herbicida más vendido del mundo. Sus excipientes no se degradan ni desaparecen después de aplicados. “Se dice muchas veces que sin agrotóxicos no se podría sostener la producción de alimentos, y esto es falso, la mayoría de la producción de soja no es para consumo humano.» Y concluye, lapidaria: «No es increíble querer cambiar este modelo, lo increíble es aceptarlo cómo está.


Fuentes:
– Ecoportal.net
– Bios Argentina
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Vendedores de humo

Suelo pensar que con las encuestas se puede decir, justificar o explicar cualquier cosa. Y también con las estadísticas.

Hay mucho humor escrito al respecto, como aquel chiste que se burla de las encuestas afirmando que de cada 100 hombres, 50 son la mitad, o que la principal causa de divorcio es el matrimonio. Lo mismo sucede con las estadísticas: podría demostrarse que en el Vaticano hay 4 Papas por kilómetro cuadrado -si se tiene en cuenta que hay dos pontífices, uno en ejercicio y otro emérito, y la superficie del Estado Vaticano es de medio kilómetro cuadrado-, y también que si un hombre tiene dos vacas y usted ninguna, el promedio es una vaca por persona.

El ejemplo a continuación podría explicar las razones -todas menos las científicas- detrás de ciertas estadísticas. Si uno fuera vendedor de humo, claro. 

 

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Devorarse a sí mismo

El capitalismo corporativo de libre mercado es por su naturaleza un desastre a la espera de suceder. Su esencia es la transformación de la naturaleza viva en montañas de mercancías y las mercancías en montones de capital muerto. Cuando se le deja hacer lo que quiera, el capitalismo endosa sus deseconomías y su toxicidad al público en general y al entorno natural – y termina por devorarse a sí mismo.
Michael Parenti, «El Apocalipsis autoinfligido del capitalismo»

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‘Europeos y chinos utilizan nuestros subproductos de la soja, pero sus plaguicidas quedan acá’

Quién esto afirma es Raúl Montenegro, biólogo ambientalista y activista argentino, uno de los más de cien entrevistados para «Pueblo Verde, La Pelicula», un viaje documental por las principales provincias agrarias del país.

Escrita y dirigida por Sebastián Rodrigo Jaurs, y producida Amalia Florencia Herdt, la película propone un viaje hacia el  interior del modelo de producción de transgénicos y su abanderada, la soja genéticamente modificada.

El recorrido se inicia en Buenos Aires y visita Córdoba, Santiago del Estero, Chaco, Santa Fe y Entre Ríos. Médicos, ingenieros agrónomos, vecinos de los pueblos, profesores universitarios, integrantes de comunidades indígenas y campesinas, científicos, pequeños productores, cada uno aporta su testimonio y sus vivencias, construyendo un relato coral que crece en la diversidad.

¿Qué son los agronegocios?¿Qué es un transgénico? ¿Somos conscientes de qué es los que comemos? ¿Qué factores sociales, económicos y ambientales están en juego con este modelo de producción de alimentos? ¿Qué dicen las leyes y la justicia al respecto?¿Qué rol tomamos como ciudadanos? ¿Ejercemos nuestros derechos? Interrogantes que la películas plantea, dejando una puerta abierta para que el espectador se informe y decida en que tipo de país quiere vivir.

«Pueblo Verde, La Pelicula» se estrenó el 26 de Enero pasado en el cine Gaumont de la ciudad de Buenos Aires, y continuará su exhibición allí hasta el 1° de febrero. Esperamos su pronta llegada a las salas del interior del país.

Fuente: Página en Facebook
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Reconocer y resistir

La promesa de Amazon [de eliminar todo tipo de intermediación] se basa en dos estrategias retóricas que aman los solucionistas. La primera es la del «discurso de la innovación», que consiste en tratar a la innovación en general como buena en sí misma, más allá de sus consecuencias sociales o políticas. En definitiva, la innovación es progreso ¿y cómo puede ser malo el progreso? La segunda estrategia es el «discurso de las herramientas», que busca reformular cualquier debate sobre la tecnología para presentarlo como un debate sobre herramientas y, por extensión, sobre cómo esas herramientas podrían empoderar a los usuarios. Ambos discursos empobrecen nuestro debate sobre las tecnologías digitales; se debe reconocer a ambos tempranamente, y oponerles resistencia.
Evgeny Morozov, fragmento de «Los peligros de la mediación algorítmica», en «La locura del solucionismo tecnológico», Ed. Katz, Cap. 5

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A las tecnológicas no les interesa tu opinión ni tus problemas

Psafe, la compañía de servicios gratuitos de seguridad online, decidió discontinuar la actualización de su software antivirus para computadoras de escritorio. Esta medida fue decidida por la empresa de acuerdo a sus términos de uso, en forma unilateral e inconsulta.

«Vaya y consígase otro antivirus», es la consigna. No importa el problema que esto le provoque al usuario, justamente esa persona que está al otro lado de la línea y que confió en el producto para usarlo durante largo tiempo.

Usted dirá, «están en su derecho». O tal vez piense que después de todo, no es un problema. Sin embargo, imagine por un momento que todos los servicios que usted usa, al mismo tiempo y del mismo modo dejen de proveer soporte o discontinúen esos productos que usted usa. ¿Lo afectaría a usted de algún modo? ¿Se siente con ganas y conocimiento suficiente como para salir disparado a buscar los reemplazos?

Claro, no es la primera vez que sucede: nos hemos quedado en el pasado, de un golpe y sin aviso previo, sin Buzz, Wave o Reader, por citar ejemplos de otra empresa a la que suele no importarle a quién afectan estas decisiones, como lo es Google.

Días atrás mencionábamos el problema de la pérdida de datos a causa del error, y del deterioro y la obsolescencia de los soportes. Decisiones como las de Psafe son la otra pata del problema sobre el que se asienta la fragilidad de los sistemas: las empresas deciden qué les conviene o no, y el usuario debe adaptarse o perder.

Porque, según parece confirmarse, también para las empresas el eslabón más débil de la cadena es justamente, el usuario. 

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Una conspiración de algoritmos

Teniendo entre 100 y 250 likes tuyos en Facebook, se puede predecir tu orientación sexual, tu origen étnico, tus opiniones religiosas y políticas, tu nivel de inteligencia y de felicidad, si usas drogas, si tus papás son separados o no. Con 150 likes, los algoritmos pueden predecir el resultado de tu test de personalidad mejor que tu pareja. Y con 250 likes, mejor que tú mismo. Este estudio lo hizo Kosinski en Cambridge, luego un empresario que tomó esto creó Cambridge Analytica y Trump contrató a Cambridge Analytica para la elección (…) Usaron esa base de datos y esa metodología para crear los perfiles de cada ciudadano que puede votar. Casi 250 millones de perfiles. Obama, que también manipuló mucho a la ciudadanía, en 2012 tenía 16 millones de perfiles, pero acá estaban todos. En promedio, tú tienes unos 5000 puntos de datos de cada estadounidense. Y una vez que clasificaron a cada individuo según esos datos, lo empezaron a atacar. Por ejemplo, en el tercer debate con Clinton, Trump planteó un argumento, ya no recuerdo sobre qué asunto. La cosa es que los algoritmos crearon 175 mil versiones de este mensaje –con variaciones en el color, en la imagen, en el subtítulo, en la explicación, etc.– y lo mandaron de manera personalizada. Por ejemplo, si Trump dice “estoy por el derecho a tener armas”, algunos reciben esa frase con la imagen de un criminal que entra a una casa, porque es gente más miedosa, y otros que son más patriotas la reciben con la imagen de un tipo que va a cazar con su hijo. Es la misma frase de Trump y ahí tienes dos versiones, pero aquí crearon 175 mil. Claro, te lavan el cerebro. No tiene nada que ver con democracia. Es populismo puro, te dicen exactamente lo que quieres escuchar.
Martin Hilbert, Doctor en Ciencias Sociales y PhD en Comunicación, a The Clinc On Line

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