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El uso de tecnología no exime de responsabilidad intelectual

En estos días alcancanzó notoriedad en las redes el caso de la publicación de un libro en formato papel sobre Derecho, escrito por profesionales del area, que incluye párrafos en los que se evidencia el uso de inteligencia artificial en la elaboración del texto.  Frases como «Si quieres te lo separo en párrafos…» o «Te gustaría profundizar en…», típicos en el uso de IA para la elaboración de textos, quedaron impresos en el papel y detonaron las redes con comentarios de lo más variados, algunos acusando y otros justificando a los autores una vez hecho público el caso.

El uso de distintas fuentes no es extraño, claro, en un trabajo de investigación. Para estos jóvenes abogados autores del texto, a la multitud de libros, artículos y otras medios de referencia existentes y a la mano, se les suma la que se ha convertido en la herramienta de consulta por excelencia en este primer cuarto de siglo, la Inteligencia Artificial. 

Pero intuímos que el problema de base no es haber dejado esos párrafos allí, sino la falla de varios de los actores que tomaron parte de la publicación. Es decir, la responsabilidad intelectual -o la falta de ella- más allá de la herramienta elegida para la tarea.

Primeramente, la lectura y relectura por parte de los autores mismos. Luego, el pase de manos a la Editorial, con sus editores y correctores. Sigue la prueba de galera, es decir la maqueta del texto para un último contro de calidad.

Toda esa cadena falló.

Luego, el o los prologuistas: ¿escribieron sobre lo que no leyeron? ¿también pasaron por alto la referencia de la IA?

Este caso, que no es el único, es usado por algunos comentaristas y críticos, ya sea adrede o involuntariamente, para confundir más aun al observador desprevenido con opiniones que mezclan el uso lícito de una herramienta tecnológica novedosa -y sus conflictos aún irresueltos- con la necesaria responsabilidad intelectual al momento de su utilización.

Culpar a la tecnología es un error, porque la IA, como toda tecnología, necesita de la educación y el control humano.


Fuente de la imagen: CincoDías

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La IA no reduce los costos laborales, sino que los transforma

Así lo asegura Gartner, la firma global de investigación y consultoría, especializada en el sector de negocios y tecnologías de la información. Y afirma que «la IA está transformando la economía laboral, pero los mayores riesgos para el retorno de la inversión provienen de los costos que los líderes no están controlando.»

La IA está transformando la economía laboral, pero los mayores riesgos para el retorno de la inversión provienen de los costos que los líderes no están controlando.

La IA se considera una herramienta clave para la eficiencia, la productividad y la reducción de costes. A medida que las organizaciones aceleran la inversión —el 88 % planea aumentar el gasto en IA—, las expectativas de ahorro en costes laborales también aumentan. Sin embargo, la IA no reduce los costos laborales, sino que los transforma, modificando su ubicación y la forma en que se presentan. Muchos de estos costos no están planificados, lo que dificulta su previsión e incluso su gestión. Esta dinámica hace que la optimización de los costos laborales sea más compleja que los enfoques tradicionales y exige que los directores de recursos humanos vayan más allá de la reducción reactiva de costos y adopten una estrategia más integrada a nivel empresarial.

Capacidades que se deprecian

La competencia por las habilidades en IA ha provocado un fuerte aumento en las remuneraciones, llegando algunos puestos en este campo a ganar entre tres y cuatro veces más que el trabajador promedio. Al mismo tiempo, el valor de estas habilidades es cada vez más efímero. El ciclo de vida de las habilidades técnicas se ha reducido de ocho a doce años a tan solo dos a cinco años, lo que significa que las organizaciones pueden estar pagando salarios elevados por capacidades que se deprecian rápidamente.

Las organizaciones que contratan en exceso o pagan de más por talento en IA pueden verse atrapadas en estructuras de costos fijos que superan el valor para el negocio.

Problemas a futuro

Las mejoras en la productividad impulsadas por la IA están provocando reducciones de plantilla, sobre todo en puestos de trabajo para profesionales noveles. Si bien estas medidas pueden reducir los costes a corto plazo, suelen generar presión financiera a largo plazo. Gartner predice que hasta el 30 % de los puestos eliminados por la IA se volverán a cubrir para 2029, a menudo con un coste mayor. Los gastos de recontratación, las primas salariales y los costes de reclutamiento pueden, en conjunto, superar el ahorro inicial.

La mayoría de las implementaciones de IA en las empresas se centran en potenciar el trabajo existente: aumentar la velocidad y el volumen de producción en lugar de redefinir fundamentalmente los roles. Sin embargo, las organizaciones no han alineado completamente las expectativas ni los modelos de compensación con estos cambios. Solo el 25 % de los empleados manifiesta mayores expectativas de productividad a pesar de la disponibilidad de herramientas de IA.

El extenso informe concluye en que el mayor riesgo reside en los costes laborales imprevistos. Las organizaciones que no tengan en cuenta las primas por talento, el impacto de la reestructuración de la plantilla y los cambios en los modelos de rendimiento podrían obtener rendimientos inferiores a los esperados en sus inversiones en IA.

El artículo completo (en inglés) puede leerse haciendo clic AQUÍ


 

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El Telescopio Espacial Roman explorará el cautivador misterio de la energía oscura

A finales de agosto, el gran observatorio espacial de la NASA recorrerá 1,5 millones de kilómetros antes de llegar a su destino final: el punto de Lagrange 2, una ubicación que compartirá con el telescopio espacial James Webb. Desde allí, tendrá una vista constante y sin obstrucciones de una amplia región del cielo.

Con una resolución comparable a la del observatorio Hubble y un campo de visión cien veces mayor, este telescopio podrá captar imágenes más extensas del cosmos, cartografiará la distribución de la materia y nos ayudará a responder una de las grandes preguntas de la astrofísica moderna: ¿qué es la energía oscura?

El nombre

Nancy Grace Roman fue una astrónoma estadounidense y una de las primeras mujeres ejecutivas de la NASA, y una de las «fundadoras visionarias del programa espacial civil estadounidense». A menudo se la conoce como la «madre del Hubble» por su papel en el diseño del telescopio espacial Hubble. Fue oradora y educadora pública activa, así como una defensora de las mujeres en la ciencia.


Más información en https://science.nasa.gov/mission/roman-space-telescope/

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Podrían obligar a la IA de Google a chequear sus fuentes… como a cualquier humano

Un fallo en Munich cuestiona la protección legal tradicional de los buscadores con IA. Google apelará el fallo, que trata AI Overviews como contenido propio de la compañía.

El fallo, dictado a fines de mayo, sostiene que AI Overviews produce declaraciones “independientes, nuevas y sustantivas”, por lo que no puede ser tratado del mismo modo que un resultado tradicional de búsqueda que solo remite a contenido de terceros.

El recurso contra Google fue interpuesto por dos empresas editoriales de Munich. Según la denuncia, AI Overviews vinculó sus nombres con estafas, trampas de suscripción y prácticas comerciales dudosas. Esas afirmaciones no aparecían en las fuentes citadas por el propio resumen generado por IA. El sistema habría confundido a las demandantes con competidores que sí estaban asociados con prácticas cuestionables.

Google confirmó el 12 de junio que apelará la decisión. La empresa sostuvo que invierte en la calidad de AI Overviews y que la función está diseñada para reflejar la información existente en la web.

El tribunal rechazó esa vía, al considerar que la protección para contenido de terceros no aplica cuando el contenido fue generado por el propio sistema de Google.

La analogía usada por el tribunal se aproxima al derecho de prensa: un editor puede ser responsable por un titular o bajada difamatoria aunque el lector pueda acceder al texto completo para verificar la información. En esa lógica, la posibilidad de hacer clic en las fuentes no libera a Google de responsabilidad por afirmaciones generadas por su propia herramienta.

Si la apelación de Google fracasa y el razonamiento del tribunal se mantiene, las consecuencias operativas podrían ser considerables. Antes de generar afirmaciones sobre personas o empresas identificables, un motor de respuestas con IA tendría que verificar que esas afirmaciones estén respaldadas por las fuentes subyacentes.


Más información en DiarioTI.com

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La IA consumirá en 2030 el equivalente al consumo de 1.300 millones de personas

Los científicos de la ONU alertan de que “se está minusvalorando” el coste medioambiental de una tecnología que exige cada vez más recursos naturales.

Para 2030, el consumo de agua asociado al uso de la inteligencia artificial (IA) será equivalente al de 1.300 millones de personas del África subsahariana, mientras que requerirá casi el triple de la potencia energética que gastan al año Pakistán, Bangladesh y Nigeria, países que suman 650 millones de habitantes.

En cuanto a las emisiones de dióxido de carbono, estas podrían alcanzar los 400 millones de toneladas de CO₂ equivalente, comparables a las emisiones totales de Reino Unido. El funcionamiento de la IA implicará la ocupación de 14.500 kilómetros cuadrados, entre infraestructuras y cadena de suministro, el doble del área metropolitana de Yakarta, una megaurbe con más de 32 millones de habitantes, o 10 veces la de Ciudad de México (21 millones).

Estas son algunas de las cifras que esgrimen los autores de un informe publicado este miércoles por el Instituto Universitario de Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH). Además de esas proyecciones, basadas en estimaciones conservadoras de crecimiento, también tienen datos llamativos sobre la situación a día de hoy: si los centros de datos en los que se computa la IA fueran un país, su consumo eléctrico actual (448 teravatios hora, TWh) estaría al nivel del de Francia.

La institución ya había publicado antes informes alertando de las emisiones de carbono que implica el creciente uso de la IA. En esta ocasión, los investigadores han tenido en cuenta también la energía y el agua consumidas por los centros de datos que alimentan la IA (en el caso del agua, se incluye tanto la empleada para refrigerar sistemas como la dedicada a generar electricidad). “Este informe no va contra la IA”, dice el profesor Kaveh Madani, director del UNU-INWEH. “Es un llamamiento a usar esta tecnología de forma responsable y un intento de evaluar sus impactos indeseados para hacer que sea sostenible y equitativa. Debemos intentar asegurarnos de que esta revolución tecnológica se desarrolla dentro de límites planetarios”.

“El informe es un recordatorio importante y oportuno de que la IA no se limita a modelos y algoritmos, sino que también tiene un impacto físico y medioambiental real, determinado por los centros de datos, los sistemas eléctricos, los sistemas de abastecimiento de agua, el uso del suelo y las cadenas de suministro de hardware”, apunta Shaolei Ren, profesor de ingeniería computacional de la Universidad de California, Riverside, y especialista en sostenibilidad de la IA, que no ha participado en el estudio.

Los autores del informe destacan varios mensajes clave. Uno de ellos es que el coste medioambiental de la IA se está minusvalorando sistemáticamente. La mayoría de análisis publicados se centran en las emisiones de carbono asociadas con el entrenamiento de los modelos (el proceso previo al lanzamiento de estos en el que se computan durante varias semanas, día y noche, decenas o centenares de millones de parámetros sobre gigantescas bases de datos). “Sin embargo, cada kilovatio-hora de electricidad que se consume para entrenar o hacer funcionar un sistema de IA conlleva también una huella hídrica (asociada a la refrigeración y la generación de energía) y una huella territorial (infraestructuras energéticas y las cadenas de suministro)”, subraya el informe.

La huella de carbono puede variar hasta un 70%, por ejemplo, si se pasa del carbón a la bioenergía como fuente de generación de la electricidad que alimenta la IA. Pero eso, a su vez, multiplicaría por 30 la huella hídrica y por 100 su impacto territorial. La complejidad de gestionar la huella medioambiental de la IA es muy alta. Bajas emisiones no equivale a bajo consumo de agua o a bajo impacto territorial. Evaluar el impacto medioambiental de la IA con una sola métrica puede esconder sus efectos nocivos y trasladarlos a otras regiones. “Si solo nos basamos en las emisiones de carbono, podríamos pensar que las renovables hacen que la infraestructura de la IA sea limpia, pero eso supone resolver un problema al tiempo que se crean otros, a menudo en lugares que no lo han solicitado”, opina la autora principal del estudio, Miriam Aczel.

Qué usos contaminan más

El informe aporta otra conclusión interesante. Hasta hace poco, el consenso mayoritario era que la parte más importante del consumo energético asociado a un modelo de IA se producía durante el proceso de entrenamiento (es decir, antes de que lo empiece a usar el público). Los datos del equipo de Aczel, sin embargo, refutan eso: el proceso de inferencia (los cálculos ejecutados cada vez que se hace una solicitud al modelo para que pueda responder a las órdenes o prompts) supone el coste dominante, entre el 80% y el 90% del consumo total. El éxito de estas herramientas, que suman centenares de millones de usuarios diarios, ha cambiado las tornas.

Los investigadores también han evaluado el consumo energético asociado a distintos usos de la IA. Así, una conversación estándar con un chatbot como ChatGPT o Gemini gasta 200 veces más que una función básica de la IA, como es la clasificación de emails sospechosos en la carpeta de spam. Siguiendo con esa referencia, generar una imagen sintética gasta 1.400 veces más, mientras que un vídeo corto puede llegar a suponer 200.000 veces más energía. “Este es uno de los informes técnicos más completos sobre el impacto medioambiental de los sistemas de IA actuales, pero las conclusiones se centran en el impacto de GPT-4, que es un modelo de hace más de tres años. Y tres años en el sector de la IA es una eternidad”, señala Álex Hernández, investigador del Quebec AI Institute (MILA) que dirige Yoshua Bengio, profesor de la Universidad de Montreal y que no ha participado en el estudio.

El hecho de que las conclusiones del informe se basen en datos de modelos antiguos, dice Hernández, habla de la poca transparencia del sector. “La principal limitación del estudio es la dificultad de obtener datos concretos del consumo de los sistemas actuales”, añade.

Otra de las conclusiones del estudio es la desigualdad en el reparto de los beneficios y las externalidades negativas de la IA. En Irlanda, por ejemplo, cuyo laxo régimen fiscal lo convierte en el país de la UE preferido por la mayoría de las grandes tecnológicas para ubicar sus sedes, los centros de datos ya suponían en 2023 el 21% del consumo energético total. Eso ha hecho que el país ponga en marcha moratorias en la construcción de nuevas infraestructuras de este tipo en Dublín. En Uruguay, los planes de construcción en 2023 de un gran centro de datos con un consumo intensivo de agua coincidieron en el tiempo con una sequía que acabó con las reservas de agua potable de Montevideo, lo que provocó que el agua del grifo no fuera apta para el consumo.

Por otra parte, los autores estiman que, para 2030, la infraestructura de la IA generará 2,5 millones de toneladas anuales de basura electrónica (procesadores obsoletos, básicamente), y que mucha de esa basura se acumulará en países con bajos recursos.

El informe habla también de desigualdad.

Únicamente el 16% de los países dispone de infraestructura especializada para computar IA, y dos de ellos (EE UU y China) concentran el 90% de toda la capacidad instalada. Mientras la basura electrónica, las emisiones de carbono y el consumo de agua se reparten entre muchos países, los beneficios (es decir, el uso de las aplicaciones de IA) se quedan en pocos.

Como la mayoría de informes patrocinados por la ONU, este también incluye recomendaciones de actuación. Por ejemplo, a los gobiernos les pide que exijan a los operadores informes estandarizados de la huella medioambiental de la IA. A los desarrolladores, que favorezcan la selección de modelos adecuados a cada tarea (intentar que no se usen los más grandes, que necesitan más recursos, para solucionar problemas sencillos). Esa “eficiencia por diseño” y aumentar la transparencia son las dos principales peticiones a la industria.

Hernández, del MILA, cree que es importante que la ONU se implique en la publicación de informes sobre una cuestión, la huella medioambiental de la IA, reservada hasta ahora principalmente a la academia y a la investigación periodística. “Este informe parece que aspira a tener la legitimidad de un artículo académico y al mismo tiempo a llegar al ámbito de la política”, opina.


Fuente: Diario El País

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