Hace sólo 10 años Google no existía. Suena raro, ¿no es cierto? La gente no hablaba de Google; los medios no hablaban de Google; los fanáticos eran fanas de otra cosa, simplemente porque Google no existía.
Hace 10 años buscabamos en la red con Altavista o Yahoo!, y con Copernic para búsquedas más puntuales. Las fotos se quedaban en el álbum porque escanearlas era muy poco práctico. El correo electrónico público era casi monopólicamente de Hotmail y sus 2Mb de espacio, y la publicidad en la red eran los banners de Yahoo! y la pequeña fortuna que cobraban por 15 minutos de exhibición.
Eran épocas preburbuja, de El Sitio y de 56Kbps gracias a la conexión dial up. La palabra bitácora sólo tenía sentido para nosotros si era pronunciada por el capitán Kirk.
En fin, en sólo 10 años cambió el mundo, internet y la cuenta bancaria de dos estudiantes de Stanford que hacian realidad una idea que hasta pocos meses antes era una tesina.
Así lo festeja el buscador hoy:

¿Cómo será la cosa dentro de 10 años? ¿Quienes serán los jóvenes que hoy están soñando, los Page y Brin de ese futuro?

El mundo gira vertiginoso; todo avanza muy rápido.
La experiencia, la posibilidad de que algo nos pase, o nos acontezca, o nos llegue, requiere un gesto de interrupción, un gesto que es casi imposible en los tiempos que corren: requiere pararse a pensar, pararse a mirar, pararse a escuchar, pensar más despacio, mirar más despacio y escuchar más despacio, pararse a sentir, sentir más despacio, demorarse en los detalles, suspender la opinión, suspender el juicio, suspender la voluntad, suspender el automatismo de la acción, cultivar la atención y la delicadeza, abrir los ojos y los oídos, charlar sobre lo que nos pasa, aprender la lentitud, escuchar a los demás, cultivar el arte del encuentro, callar mucho, tener paciencia, darse tiempo y espacio. (Larrosa, 2003)

