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información - 14. página

Eco y el conocimiento: ‘El sentido sólo puede ofrecerlo la escuela’


La siguente columna de Umberto Eco, el recordado escritor, filósofo y docente italiano, titulada «¿De qué sirve el profesor?»,  se publicó en La Nación de Bs. As. el 21 de mayo de 2007 y se convirtió desde ese momento en una referencia para varios artículos de este blog, en particular aquellos relativos al uso de internet en la educación. Hoy la publicamos completa, como una mirada necesaria en un momento en el que se discute fuertemente la cuestión de la educación. Ojalá sume al debate y brinde luz al respecto de la función del docente frente al aula.


¿De qué sirve el profesor?

En el alud de artículos sobre el matonismo en la escuela he leído un episodio que, dentro de la esfera de la violencia, no definiría precisamente al máximo de la impertinencia… pero que se trata, sin embargo, de una impertinencia significativa. Relataba que un estudiante, para provocar a un profesor, le había dicho: «Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?»

El estudiante decía una verdad a medias, que, entre otros, los mismos profesores dicen desde hace por lo menos veinte años, y es que antes la escuela debía transmitir por cierto formación pero sobre todo nociones, desde las tablas en la primaria, cuál era la capital de Madagascar en la escuela media hasta los hechos de la guerra de los treinta años en la secundaria. Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar.

De pequeño, mi padre no sabía que Hiroshima quedaba en Japón, que existía Guadalcanal, tenía una idea imprecisa de Dresde y sólo sabía de la India lo que había leído en Salgari. Yo, que soy de la época de la guerra, aprendí esas cosas de la radio y las noticias cotidianas, mientras que mis hijos han visto en la televisión los fiordos noruegos, el desierto de Gobi, cómo las abejas polinizan las flores, cómo era un Tyrannosaurus rex y finalmente un niño de hoy lo sabe todo sobre el ozono, sobre los koalas, sobre Irak y sobre Afganistán. Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores?

He dicho que el estudiante dijo una verdad a medias, porque ante todo un docente, además de informar, debe formar. Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela. Y si alguien objetase que a veces también hay personas autorizadas en Porta a Porta (programa televisivo italiano de análisis de temas de actualidad), es la escuela quien debe discutir Porta a Porta. Los medios de difusión masivos informan sobre muchas cosas y también transmiten valores, pero la escuela debe saber discutir la manera en la que los transmiten, y evaluar el tono y la fuerza de argumentación de lo que aparecen en diarios, revistas y televisión. Y además, hace falta verificar la información que transmiten los medios: por ejemplo, ¿quién sino un docente puede corregir la pronunciación errónea del inglés que cada uno cree haber aprendido de la televisión?

Pero el estudiante no le estaba diciendo al profesor que ya no lo necesitaba porque ahora existían la radio y la televisión para decirle dónde está Tombuctú o lo que se discute sobre la fusión fría, es decir, no le estaba diciendo que su rol era cuestionado por discursos aislados, que circulan de manera casual y desordenado cada día en diversos medios –que sepamos mucho sobre Irak y poco sobre Siria depende de la buena o mala voluntad de Bush. El estudiante estaba diciéndole que hoy existe Internet, la Gran Madre de todas las enciclopedias, donde se puede encontrar Siria, la fusión fría, la guerra de los treinta años y la discusión infinita sobre el más alto de los números impares. Le estaba diciendo que la información que Internet pone a su disposición es inmensamente más amplia e incluso más profunda que aquella de la que dispone el profesor. Y omitía un punto importante: que Internet le dice «casi todo», salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información.

Almacenar nueva información, cuando se tiene buena memoria, es algo de lo que todo el mundo es capaz. Pero decidir qué es lo que vale la pena recordar y qué no es un arte sutil. Esa es la diferencia entre los que han cursado estudios regularmente (aunque sea mal) y los autodidactas (aunque sean geniales).

El problema dramático es que por cierto a veces ni siquiera el profesor sabe enseñar el arte de la selección, al menos no en cada capítulo del saber. Pero por lo menos sabe que debería saberlo, y si no sabe dar instrucciones precisas sobre cómo seleccionar, por lo menos puede ofrecerse como ejemplo, mostrando a alguien que se esfuerza por comparar y juzgar cada vez todo aquello que Internet pone a su disposición. Y también puede poner cotidianamente en escena el intento de reorganizar sistemáticamente lo que Internet le transmite en orden alfabético, diciendo que existen Tamerlán y monocotiledóneas pero no la relación sistemática entre estas dos nociones.

El sentido de esa relación sólo puede ofrecerlo la escuela, y si no sabe cómo tendrá que equiparse para hacerlo. Si no es así, las tres I de Internet, Inglés e Instrucción seguirán siendo solamente la primera parte de un rebuzno de asno que no asciende al cielo.


Fuente: La Nacion/L’Espresso (Distributed by The New York Times Syndicate) / Traducción: Mirta Rosenberg
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A las tecnológicas no les interesa tu opinión ni tus problemas

Psafe, la compañía de servicios gratuitos de seguridad online, decidió discontinuar la actualización de su software antivirus para computadoras de escritorio. Esta medida fue decidida por la empresa de acuerdo a sus términos de uso, en forma unilateral e inconsulta.

«Vaya y consígase otro antivirus», es la consigna. No importa el problema que esto le provoque al usuario, justamente esa persona que está al otro lado de la línea y que confió en el producto para usarlo durante largo tiempo.

Usted dirá, «están en su derecho». O tal vez piense que después de todo, no es un problema. Sin embargo, imagine por un momento que todos los servicios que usted usa, al mismo tiempo y del mismo modo dejen de proveer soporte o discontinúen esos productos que usted usa. ¿Lo afectaría a usted de algún modo? ¿Se siente con ganas y conocimiento suficiente como para salir disparado a buscar los reemplazos?

Claro, no es la primera vez que sucede: nos hemos quedado en el pasado, de un golpe y sin aviso previo, sin Buzz, Wave o Reader, por citar ejemplos de otra empresa a la que suele no importarle a quién afectan estas decisiones, como lo es Google.

Días atrás mencionábamos el problema de la pérdida de datos a causa del error, y del deterioro y la obsolescencia de los soportes. Decisiones como las de Psafe son la otra pata del problema sobre el que se asienta la fragilidad de los sistemas: las empresas deciden qué les conviene o no, y el usuario debe adaptarse o perder.

Porque, según parece confirmarse, también para las empresas el eslabón más débil de la cadena es justamente, el usuario. 

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Zygmunt Bauman y la metáfora de la liquidez

La nuestra es una sociedad de consumo: en ella la cultura, al igual que el resto del mundo experimentado por los consumidores, se manifiesta como un depósito de bienes concebidos para el consumo, todos ellos en competencia por la atención insoportablemente fugaz y distraída de los potenciales clientes (…) La cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir (…) La gente que se aferra a la ropa, las computadoras y los celulares de ayer podría ser catastrófica para una economía cuyo propósito principal, así como el sine qua non de su supervivencia, es el desecho cada vez más rápido de los bienes adquiridos: una economía cuya columna vertebral es el vertedero de basura (…) El progreso, en resumen, ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal.
Extractos de «La cultura en el mundo de la modernidad líquida» (2011), por Zygmunt Bauman (Polonia, 19 de noviembre de 1925 – Reino Unido, 9 de enero de 2017)

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Ensayando algunas razones del porqué de los padres sindicalistas

En la entrada anterior, titulada Padres sindicalistas, publiqué una frase tomada de una entrevista al psicoanalista, ensayista y profesor universitario Massimo Recalcati en la que afirma, en el contexto de un pacto entre los padres y los profesores que se ha roto – ya no trabajan juntos en la educación de los jóvenes-,  que los padres, en vez de apoyar el trabajo de los profesores, se han convertido en sindicalistas de sus propios hijos.

En uno de los debates que se abrió en las redes sociales al respecto de esta afirmación, un comentarista se preguntó las razones de semejante cambio. Me permití acercar algunas ideas:  la injerencia de los padres en la escuela es un asunto complejo y tiene varias aristas. Creo que la principal es el escaso nivel de tolerancia a la frustración en el que vivimos, y los padres atraviesan la situación escolar como propia exposición y riesgo de fracaso. Otra de esas aristas es la desvalorización de las instituciones en general y la escolar en particular. Y hay más, seguramente.

En ese contexto, otro comentarista aportó el video a continuación, en el que Simon Sinek, escritor y motivador inglés, se refiere al cambio cultural que surge con la generación de los llamados Milenials, aquellos los nacidos a partir de 1984. Hay mucho para debatir al respecto, pero muchas de las características -que se aplican no sólo a los de esa generación,  afirmo sin dudar- son parte del origen del problema.

¿Vivimos en la cultura de lo instantáneo, de la solución inmediata? ¿Es esa la causa? Son temas para debatir, creo, porque en ellos va el futuro de la educación.

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Nuestro ser digital, en manos del error, el deterioro y la obsolescencia

Nicholas Negroponte fue el primero en hablar del ser digital para referirse a la inclinación de la humanidad por la «digitalización», es decir, esa mudanza desde un mundo de átomos a un mundo de bits, como él mismo refiere. En lo que tal vez no fue todo lo enfático que hubiera sido necesario, fue en prevenir que nuestro ser digital estaría en manos del error, el deterioro y la obsolescencia. Pero claro, eran tiempos esos de pensar en una era de optimismo.

A mediados de diciembre coincidimos en esta cuestión con la periodista Fernanda Sández: yo estaba repasando notas y escribiendo algunas entradas sobre el tema en el preciso momento en que me llega un correo electrónico suyo con algunas preguntas para su investigación, que ahora toma forma en el artículo «Internet que desaparece: el frágil destino del recuerdo digital», que se puede leer completo haciendo clic aquí.

La conclusión a la que llega la periodista es una que compartimos muchos preocupados por el tema:

Hoy, de hecho, investigadores de todo el mundo están tras un nuevo santo Grial: cómo salvar del eclipse a la memoria digital. Desde papel y tinta especialmente tratados hasta cintas magnéticas, láminas de cuarzo y hasta (asombroso) ADN humano, todo es un potencial candidato a reemplazar como soporte a lo que existe hoy. Mientras tanto, hasta un modesto papel parecería ser más fidedigno que el frágil código binario al que nos hemos acostumbrado a confiarle todo.

La buena noticia es que podemos tomar nuestras precauciones, como se explica en el artículo. Porque no todo está perdido: sólo hay que saber cómo guardarlo.

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