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Esto es todo lo que tengo para decir sobre los blogs que se cierran

Haciendo un recorrido por la red para curiosear un poco sobre esta nueva «moda» (de alguna manera hay que llamarla) de cerrar blogs y anunciarlo entre quejas y lamentos, me encontré con las más variadas cuestiones esgrimidas como razones para tal «blogcidio» (como se lo define en ‘Maldita Inocencia’).

Hay una categoría aparte que no quiero tratar aquí, que son los blogs cerrados por razones políticas, que creo merecen un análisis mucho más profundo y un repudio a la censura sin concesiones.

No, aquí me estoy refiriendo a los blogs que los propios autores cierran, algunos de ellos con una gran afluencia y participación de navegantes; aquellos que mezclan algo de esquizofrenia con paranoia y un toque que ingenuidad como para pensar que el mundo es contra ellos y que, con sus corazones rotos y sueños impedidos, se ven en la necesidad de cerrar.

Pero la verdad es que uno tiene la impresión de que es todo un gran verso. La impresión, digo; por ahí es verdad… Pero algunas dudas me aquejan al pensar sobre esto:

– ¿Por qué muchos dejan de publicar «porque la gente esto y aquello», pero no dan de baja el blog?
– ¿Por qué algunos se quejan de que la gente ha abusado de la confianza dispensada, sin entender que los visitantes no son todos adolescentes y amigos?
– ¿Por qué algunos publican lo que los compromete emocionalmente?
– ¿Por qué pensar que la blogsfera es un paraíso incontaminado, o algo así, diferente del resto de la red y del mundo?
– ¿Por qué actúan como novios (o novias) despechados?

Hay una realidad que no podemos soslayar, y es que la blogsfera se continuará depurando con el tiempo, alejando a muchos, pero no por censura o discriminación sino porque simplemente ya no tienen nada para decir o se dan cuenta de que no les interesa el medio.

Ojalá los cientos de excelentes blogs que existen y que dicen cosas importantes no sucumban a esta moda.

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No sólo cuesta dinero

Salió publicada una nota en LaNacion.com sobre los pro y los contra del ingreso de Blackberry a la vida corporativa, de la cual sería interesante destacar un par de párrafos como para pensar esto de que a veces la tecnología no sólo cuesta dinero.

Primero, una breve explicación: ¿qué es Blackberry? Un equipo un poco más grande que un celular que también recibe el correo electrónico, además de permitir hablar por teléfono, guardar archivos y llevar la agenda al día.

¿Cuánto cuesta este servicio? Lo explica el artículo:

Una empresa que quiera dárselo a sus ejecutivos debe disponer de un servidor en forma exclusiva para este servicio; el costo depende de la capacidad, pero arranca en unos 5000 pesos.

Para 20 usuarios deberá pagar $ 20.000 por única vez por la licencia del sistema (lo que se conoce como BlackBerry Server Software, BES).

A eso hay que sumarle la compra del equipo -alrededor de $ 1300 en seis cuotas más IVA-, más un abono que depende de la operadora, pero que arranca en $ 150 sólo para transmisión de datos.

Para hablar, hay que sumarle otro abono, que oscila según la cantidad de minutos libres, pero que puede sumar otros $ 100. Las ofertas para los usuarios profesionales son un poco más accesibles: al costo del equipo hay que sumarle un abono de alrededor de $ 90 sólo para transmisión de datos. Para hablar, hay que pagar aparte.

Pero también hay algunos comentarios jugosos para destacar:

Comentario 1: «Hasta ahora, yo lo había evitado gracias a que el servicio no estaba disponible en la Argentina. Se gana productividad, pero pierde sentido el concepto de vida privada. Incluso muchos de mis colegas que estaban felices con el aparatito, ya se están replanteando su uso»

Comentario 2: «En los Estados Unidos se las llama ‘crackberry’, porque su uso causa adicción, como si fuera una droga, ya que todo el tiempo están entrando los mensajes (no hay que bajarlos, sino que ingresan directamente), y ¿quién se puede resistir a leerlos?»

Comentario 3: «Los gerentes de mi compañía me habían pedido los nuevos celulares con capacidad para bajarse el correo electrónico. Se los dimos y ahora se arrepintieron, quieren un aparato más simple; sólo para hablar por teléfono»

Estos comentarios pertenecen a gente de sistemas de empresas que adoptaron el Blackberry, y demuestran que los costos en pérdida de tiempo, intromisión y dependencia son tan caros, o más, que los costos en dinero.

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Demasiado 'Starter'

He visto varias discusiones en donde se defenestra al Windows XP Starter Edition, y la verdad es que recién el fin de semana pude verlo ‘en acción’ en una PC nueva de un cliente.

Y si, es cierto, es muy pobre. Por un lado, podría reconocerse el esfuerzo de Microsoft por condensar algunas buenas herramientas en ese producto, como las opciones de seguridad que fueran añadidas en SP2.

Pero esta cuestión de las limitaciones y restricciones puede llegar a ser muy molesto. Además, justamente las limitaciones tienen que ver, entre otras cosas, con las ventanas. ¿No fue siempre el ‘caballito de batalla’, desde tiempos inmemoriales, la cuestión de las multiples ventanas?

Pero bueno… hay una pobreza de ideas alarmante en esta cuestión.

Tom Peters estuvo hablando en estos días de que el foco en el diseño es fundamental para la supervivencia de las empresas en la nueva economía. Es decir, la clave de estos tiempos está en el diseño. Y cita a empresas como Apple y BMW, que en esas cuestiones son imbatibles. ¿Quién podría negar que Apple es ‘solo’ un par de ideas geniales? ¡Pero que ideas!

¿Para cuando una idea que piense en el usuario y no sólo en el negocio, Mr. Gates?

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Bienvenida, Inteligencia

Quienes recorran nuestro sitio «Tecnología para todos» y este blog seguramente notarán, como ya lo han hecho nuestros allegados y colegas, que somos ‘victimas’ de una ‘enfermedad’ que nos aqueja y que nos ‘obliga’, a modo de antídoto, a leer a la Sra. Beatriz Sarlo.

Esa enfermedad, que podría recibir varios nombres, surge de la grave anemia de ideas inteligentes que nos rodea a quienes nos movemos en ámbitos de la tecnología en general, y las TIC en particular.

Si, claro, está lleno de ‘opinólogos’, de gurúes y especialistas, pero convengamos que es muy raro escucharlos decir algo inteligente, ocupados como están en ser los nuevos ‘negropontes’ que acierten en el pronóstico de como será el mundo tecnológico de aquí a diez, cien o mil años.

Ante tan apocalíptico panorama, el remedio: leerla a la Sra. Sarlo. Bueno, no es el único remedio. Hay otros pensadores que con similar sensibilidad y claridad de ideas (como por ejemplo, Luis Doval) aportan algo de luz a semejante oscuridad tecnológico-intelectual , pero acabo de leer algo que escribió la mencionada que es destacable.

En su columna de hoy en la revista Viva, la escritora y ensayista plantea que la idea de ‘alfabetización digital’ tiene mucho de engañoso porque nadie se alfabetiza dos veces, ‘precisamente por el carácter de límite entre un antes y un después que tiene el aprendizaje de las letras’. ¿Por qué? Porque aprender a leer traza un umbral, porque no se adquiere solamente una capacidad de descifrar signos, sino una máquina con la que se fabrica cualquier cosa. ‘Se trata, por lo tanto, de algo que no puede ser comparado con nada’.

Se debe reconocer, ya en esta primera aproximación a la idea motora del artículo, que no nos hemos detenido a pesar la importancia de las palabras y las ideas en este sentido. Entonces surge una lógica pregunta, que es respondida con igual coherencia:

‘¿Cuánto tiempo es necesario para aprender a manejar un procesador de textos, una hoja de datos sencilla, un cliente de correo electrónico y un buscador de contenidos en Internet? Cualquiera que haya inspeccionado las ofertas de cursos en el mercado sabe que, en el peor de los casos, sólo pocos meses. Por supuesto, no se trata de mandar a los maestros a la academia de la esquina, sino de definir bien cuál es el problema. Alguien que sepa leer y escribir sin faltas de ortografía y que haya cursado varios años de secundario dominará cualquier buscador de contenidos en dos días o en dos horas. Quiero decir que estará en condiciones de tipear algunas palabras y recorrer las páginas de resultados. Sólo es necesario que la tecnología y la conexión a Internet estén económicamente a su alcance. Logrado esto, empieza lo verdaderamente difícil.’

Hay una combinación de factores que se recortan de estos conceptos claramente: capacitación del docente, apoyo total del estado en el achicamiento de la brecha tecnológica, abaratamiento de costos, decisiones políticas tendientes a la masificación del medio.

Pero esto no es todo, porque si no consideramos el factor cultural del problema, corremos el riesgo de errar al diagnóstico y su cura:

‘Internet es un mundo sin índices ni jerarquías reconocibles a primera vista. Cuando se habla de miles de millones de páginas, la palabra páginas describe algo bastante aproximado a lo que sucede: pantallas y pantallas de información escrita, visual o sonora que sólo en algunos casos (y hay que saber cuáles son) entregan lo que prometen en términos de contenidos. Como si alguien debiera buscar las respuestas a sus interrogantes en medio de una tormenta de hojas de libros sin encuadernar y sin numerar. Lo difícil no es manejar esa tecnología sino estar intelectualmente preparado para navegar esa masa indócil de datos. Como no se trata de un videojuego, más que tipear rápido es necesario pensar bien y haber acumulado antes la mayor cantidad de informaciones: cuanto más se sabe, cuantos más libros se han leído, mejores hojas se pescan en el torbellino de la red, donde las buenas soluciones las encuentran quienes también son capaces de encontrar las buenas soluciones en los libros impresos.’

Va de nuevo: ‘…es necesario pensar bien y haber acumulado antes la mayor cantidad de informaciones’

Sra. Sarlo, humildememte le decimos: los docentes de tecnología la necesitamos en ciertos portales educativos; la necesitamos en el Ministerio de Educación; la necesitamos hablando, pensando, opinando, proponiendo, porque hasta ahora han tenido la ‘manija’ los opinólogos de turno, los gurúes de la tecnología de la brecha, y nadie lo ha dicho tan claro como usted.

Indudablemente estamos errando en las premisas elementales, por eso todo análisis cae en saco roto.

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El mundial y la escuela

Hay algo notable en la discusión por el próximo mundial de fútbol, si dejamos o no ver a los chicos los partidos en la escuela. Lo notable es que sigamos discutiendo el uso de las nuevas tecnologías en el aula, cuando no podemos meter ni a la fuerza una tecnología de tremenda antigüedad y de tan grande inserción social.

Entre la prohibición, que demuestra que aun los más ilustrados han aprendido poco del pasado reciente, y la excusa -inexcusable- de meter contenidos a la fuerza, hay un vacío enorme que ningún puente pedagógico ha podido salvar.

Leía el análisis que hace el periodista Orlando Barone sobre el conflicto, en un artículo titulado «El totalitarísmo del fútbol y las escuelas», y puede decirse que está claro cual es el eje de la cuestión. Dice, entre otras cosas:

«(…) Aquellas opuestas posiciones educativas no marcan sino distintas formas de enfrentar o de defenderse de la fuerza imparable de la marea futbolística. Y optar por uno u otro recurso no cambiará el objetivo estudiantil que –con o sin permiso institucional- tendrá como destino colectivo las vicisitudes de los partidos y de los resultados.

Poco importará a los alumnos tratar de entender la historia de Croacia, la etnia de un país africano, el arte milenario de un país asiático o la trama histórica y política de Alemania. No es necesario que el sistema educativo se autojustifique tratando de emprender una aventura vana. Ellos estarán pendientes de los goles, del triunfo o la derrota del seleccionado, y no de recibir clases alusivas bienintencionadas y poco realistas.

(…) En un caso -dejar que se mire el mundial por televisión en las aulas- se trata de una forma flexible y progresista; en el otro, se trata de mantener, sin concesiones, la tradición y la razón de ser de la enseñanza. (…) Lo que los educadores deben sopesar es que si la selección fuera eliminada prontamente, la triste carga sicológica de los alumnos no variará y será igual en cualquiera de ambas opciones. Tendrán que asumir el correspondiente duelo de una sociedad futbolera. Y no importa si vieron o no televisión en la escuela. Pero si Argentina ganara el campeonato del mundo ya no importarán ni la educación ni la escuela ni la Universidad, ni el parlamento ni el Gobierno ni nada: la Argentina estará cerrada una semana. Y el ministro Filmus y Jaim Echeverry también se habrán convertido en masa.

Brillante. Muy claro.

La discusión pasa por otro lado.

Ese vacío enorme del que hablábamos al principio tiene que ver con que la pedagogía de la excusa está impidiendo que alcancemos un acuerdo, una estrategia común, de la que la tecnología sea un aporte, un soporte para proyectos que interesen y formen a todos.

Hay cuestiones que la escuela no puede -y a veces no sé si quiere- manejar, porque la resistencia a las nuevas tecnologías fue históricamente casi un paradigma. ¿Cuanto tiempo tardó en aceptar el boligrafo? ¿Cuanto se está tardando en construir espacios que acomoden a todos, aun a los de diferentes capacidades? ¿Cuanto tiempo se va a tomar discutiendo sobre los celulares? ¿Cuando va a terminar de incorporar una tecnología como la de la televisión, próxima a cumplir 56 años?

Un proyecto que es un intento

Una esperanzadora aproximación -a nuestro humildísimo criterio- parece ser el proyecto de Mendoza, una de las seis provincias del país en las que el Mundial de Fútbol será incluido como un tema de análisis en la escuela, a modo de contenido transversal a los programas de todas las materias de tercer ciclo de EGB. Para ello, preveen utilizar el libro «La escuela, los medios y el Mundial de Fútbol Alemania 2006», auspiciado por la Embajada de Alemania en Argentina, y que contiene 70 actividades que fueron elaboradas por los coordinadores del programa Escuela y Medios de las distintas provincias.

Ariel Barrios, titular de ese programa de la Dirección General de Escuelas de Mendoza, destacó que “el objetivo es que los alumnos conozcan, relacionen e interpreten el rol de los medios -el énfasis es mio-. Eso permitirá vincular los contenidos curriculares de la escuela a la realidad cotidiana y a los eventos sociales, deportivos, artísticos, políticos, económicos que vive toda la sociedad.» Y agregó que cada establecimiento tendrá libertad para utilizarlo antes o después de un partido.

Al menos es un esfuerzo de darle un sentido desde lo institucional.

Pero el problema central no es el televisor o la tecnología en general. El problema es que llamamos a las cosas por otro nombre que el que tienen. Los progresistas no quieren parecer conservadores hablando de orden y disciplina; los conservadores no quieren -¡Dios nos libre!- parecer progresistas hablando de albedrío. En el medio, los chicos haciendo lo que quieren, porque el sistema no los contiene; porque los adultos, sus modelos, están discutiendo en los bordes del problema.

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