Saltar al contenido

Cultura - 69. página

Expresiones culturales diversas.

¿Develar o desvelar?

Casi que me duelen los ojos cuando leo un artículo y el autor usa la palabra «desvelar» para referirse a descubrir o revelar algo oculto o desconocido. Finalmente me decidí a hacer algo con mi problemita -no, no fui a un oculista sino que eché una ojeada al Diccionario panhispánico de dudas, y claro que fue de ayuda. La entrada al término dice esto:

Desvelar(se). Infinitivo de dos verbos etimológicamente diversos:

a) ‘Quitar o impedir el sueño [a alguien]’ y, como pronominal, ‘perder alguien el sueño o no poder conciliarlo’: «Me desvelaban por la noche los recuerdos» (Salom Vuelo [Esp. 1980]). Está relacionado con velar (‘estar sin dormir el tiempo destinado al sueño’, del lat. vigilare).

b) ‘Quitar el velo que cubre [algo]’: «Se desvela la estatua en bronce de Trujillo» (VLlosa Fiesta [Perú 2000]); y, en sentido figurado, ‘descubrir o revelar [algo oculto o desconocido]’: «Le desveló el secreto de sus proyectos cinematográficos» (Armas Madrid [Esp. 1994]). Existe también, tanto para el sentido recto como para el figurado, la variante develar, de uso mayoritario en el español americano: «Los presidentes procedieron a develar sendas placas de bronce para inaugurar una obra» (Vistazo [Ec.] 23.1.97); «El sastre […] ha develado algunos detalles del traje de gala» (Vida [Par.] 15.5.04); en España, en cambio, se usa poco y solo en sentido figurado. Se desaconseja, por innecesaria, la forma develizar, usada en México y algunos países centroamericanos con el sentido de ‘quitar el velo’: «La estatua fue develizada el 1 de julio de 1930» (DYucatán [Méx.] 1.9.96).

En síntesis, está bien usada. Es más: dado que el uso develar es mayoritariamente americano, más de un español nos habrá tomado por brutos, vea. El problema parece ser, una vez más, que todos los hispanoparlantes hablamos casi el mismo idioma.

Me sucedió, hablando con un amigo mexicano sobre una cantante muy talentosa de aquellas tierras, dedicada al bel canto, que me referí a ella como una cantante lírica, lo cual ofendió a mi interlocutor porque para él la estaba tratando de aficionada o no preparada. Salvada la confusión, consulté a otros conocidos de aquel país y todos coincidieron con mi amigo, así que me cuido bastante de preguntar cuando tengo dudas. Aunque, como en este caso, yo tuviera razón.

Lo dicho: hablamos el mismo idioma… casi.

Fuente: Diccionario panhispánico de dudas

Si te parece que este contenido suma, te invitamos a compartirlo

La Red Social: una lectura simplista y vacía… como Facebook

Anoche estuve invitado por la firma Dattatec, auspiciantes de nuestras charlas sobre seguridad en la red de redes, para el preestreno de La Red Social, la película de David Fincher –Alien 3, Seven, The Game, Fight Club, entre sus trabajos más reconocidos- sobre los inicios de Facebook y la invención de la leyenda Zuckerberg.

Desde lo técnico y visual, la película es maravillosa. Ciertas tomas y encuadres son de una belleza y construcción francamente perfectas. Fincher conoce muy bien el oficio y logra un producto redondito. Pero claro, si el cine de este director tiene algo de poético, en este caso acaba en sólo eso, buenas tomas. El resto, por la misma naturaleza del tema, lo despoja de cualquier lirismo posible.

El argumento de La Red Social se basa en fuentes diversas -que pierden toda credibilidad cuando se aclara que todos los involucrados firmaron acuerdos de confidencialidad- y se desarrolla entre los cuartos de Harvard hasta desembocar en las oficinas propias en Palo Alto, en el seguimiento de la idea original que generó lo que hoy conocemos como Facebook.

El personaje central es, claro, Mark Zuckerberg, un alumno -según se muestra- genial y obsesivo compulsivo en dosis identicas. Eduardo Saverin, traicionado ex amigo y capitalista inicial de la idea; Sean Parker, el fundador de Napster, personaje oscuro que atrajo a los inversores de Silicon Valley; y los gemelos Winklevoss, personajes anacrónicos y despechados por el supuesto robo de la idea por parte del pícaro Mark, son los ejes de una historia que teje el entramado de un fenómeno de difícil análisis, por la falta de acuerdo en cuanto a sus alcances e implicancias. Y sobre todo, por la falta de distancia histórica.

Se podría decir que no hay buenos en esta película. Todos los personajes viran de lo admirable a lo detestable, a veces en el mísmo diálogo, y lo que queda es una sensación algo perturbadora que recuerda por momentos a la vieja Wall Street de Stone. ¿Escrupulos? No gracias. No al menos en estos estamentos en los que la traición es moneda corriente y lo único que importa es que el propio ombligo no tenga pelusas.

El personaje de Zuckerberg, conflictuado y obsesivo, sólo responde a líneas de código y a su orgullo herido. Para el resto de las cosas, según se ve en el film, es casi autista.

El propio Mark -el real- cuando habló -todos pensaron que saldría con los botines de punta y finalmente eran ojotas-, pareció más preocupado por la vestimenta del actor que por ciertas cuestiones de fondo. Según relata elmulticine.com,

En una conferencia ofrecida en la Universidad de Stanford, Mark Zuckerberg calificó como sesgada y poco realista la película dirigida por David Fincher. Eso sí, resaltó que las camisetas y sudaderas que el actor que le representa porta en ella, estaban estupendamente reflejadas y que coincidían plenamente con su estilo de vestir, pero poco más.

Creo que la cuestión planteada en la película podría resumirse en los motivos que mueven a los personajes. Ya desde el arranque, en la discusión inicial entre Mark -el personaje- y su novia -bonita, mucho carácter-, la película muestra al futuro creador de la red social con 500 millones de miembros como un ser detestable obsesionado en denostar a su chica por su supuestamente escasa inteligencia y su preferencia por remeros musculosos. Y termina la película con el mismo personaje obsesionado con… no, mejor verla.

La cuestión es que el origen de la idea de lo que después fue Facebook -según la película- tiene que ver con la violación de la privacidad. Ya desde su origen, la idea fue meterse en bases de datos, levantar fotos, publicarlas sin permiso, difamar, insultar y otras bellezas. Y la traición, claro. Eso es lo que cuenta esta ficción.

¿Ficción?

Si te parece que este contenido suma, te invitamos a compartirlo

Impresionante registro gráfico

En Doce fotografías en blanco y negro que no terminan de contar su historia, su autor nos explica el sentido del post:

Hay fotos que se explican solas y otras que necesitan un pequeño empujón. Instantáneas que se dejan fuera de encuadre retales de la historia que quieren contar. Son grandes trabajos del fotoperiodismo olvidado, testimonios gráficos de hechos insólitos pero que suplican una pequeña aclaración. A continuación un paseo anacrónico por una pequeña colección de ellas, en blanco y negro. Recomiendo imaginar, antes de leer, el contexto de cada una de las sugerentes o impactantes imágenes.

La foto del inicio de este post es uno de esos impresionantes registros gráficos, algunos curiosos, otros duros, todos sorprendentes. En la imagen, tomada el 2 de agosto de 1914 por Heinrich Hoffmann -quién llegaría a ser fotógrafo personal del dictador-, Hitler aparece en una manifestación multitudinaria en Munich, en defensa de la declaración de hostilidades contra Rusia.

Digno de verse, se encuentra haciendo clic aquí.

Si te parece que este contenido suma, te invitamos a compartirlo