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Todas las entradas de: Enrique Quagliano - 293. página

Los intereses del mono

El asunto es así: Microsoft anunció hace unos días que liberaría 20.000 líneas de código para el kernel de Linux, lo que ahora parece no representar un cambio de actitud de la gente de Redmond sino una acción para esconder bajo la alfombra una violación de la licencia GPL, que prohibe el uso de componentes de esa licencia si no es liberado todo el código. Es decir, no permite mezclar elementos de código abierto y código propietario. Dicen las malas lenguas que esa podría ser la verdadera causa de la decisión de Microsoft.

Y claro, Linus Benedict Torvalds tiene algo para decir al respecto: acaba de declarar a Linux Magazine que «el odio a Microsoft es una enfermedad», y aconseja que los que han criticado la iniciativa de Microsoft como dictada por el egoismo que se miren al espejo.

Torvalds lanza afirmaciones como estas: «Yo puedo hacer muchos chistes sobre Microsoft a veces, pero el mismo tiempo creo que el odio a Microsoft es una enfermedad». Dice además que cree en «la tecnología sobre la política» y que no le gusta que llamen a lo que él hace «software libre». ¿Por qué? «No quiero que me asocien a personas para las cuales ‘software libre’ significa exclusión y odio». Una más: «No me importa de dónde vienen las contribuciones del código mientras haya razones sólidas para su inclusión».

Y luego, en una fervorosa defensa de las razones que mueven a los programadores, afirma: «Estoy de acuerdo que -la liberación del código en cuestión- está impulsado por razones egoistas, pero esa es la razón por la que se escribe todo el código open source. Así es como empezó Linux (…) Eso es lo que mueve el open source, la posibilidad de realizar código con el objetivo de favorecer tus necesidades particulares..».

Y como dicen que no hay mejor defensa que un buen ataque, el padre de la criatura lanza: «Así que aquellos que se quejan de que Microsoft escribe controladores para su propio modelo de virtualización deberían echar una larga mirada al espejo y preguntarse a si mismos por qué están siendo tan hipócritas».

Si no hubiera dejado mi ingenuidad dentro de algún baúl perdido en los pliegues de la vida, diría que esto representa un avance fantástico en vías de derribar barreras y lograr un software totalmente integrado, compatible y gratuito. Pero como decía me abuelita, «por interés baila el mono». Y ya se sabe: las abuelitas siempre tienen razón.

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Jugando con los amigos.

Ya comenté alguna vez mi admiración por esa rara habilidad de Román Mazilli, editor de Campo Grupal, para encontrar, recordar, rescatar aquellas perlitas que nos hablan al corazón y a la razón sobre la sensibilidad. Ahora publica en su perfil en Facebook un texto rescatado de las «Crónicas del Angel Gris» del genial Alejandro Dolina, que quiero reproducir aquí yo también porque representa mucho de lo que anhelo y rescato cuando genero o participo de un proyecto. Pero sin tantas explicaciones, sólo sensibilidad, este es:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se reúnen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quiénes integrarán los dos bandos.

Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige, alternadamente a sus futuros compañeros. Se supone que los más diestros serán elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el equipo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.

Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector, observó, que sus decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber que sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.

Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.

El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

Alejandro Dolina, «Crónicas del Ángel Gris»

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Los 40 años de un salto gigantesco

Todo comenzó el 25 de Mayo de 1961, cuando el presidente Kennedy anunció su intención de enviar astronautas a la Luna antes de finalizar esa década.

Tres semanas antes, Alan Shepard se había convertido en el primer estadounidense en viajar al espacio. Y ocho años de arduo trabajo después, la NASA vió concretado su proyecto de poner un hombre en la Luna cuando la nave propulsada por un cohete Saturno V, despegó desde el Complejo 39A del Centro Espacial Kennedy en Florida llevando a bordo las expectativas de la humanidad toda bajo el mando de los astronautas Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins.

Era el 16 de Julio de 1969 a las 9:32 de la mañana. El enorme cohete se elevaba sobre el cielo de Florida y 12 minutos después la tripulación entraba en órbita.

Cuatro días después Armstrong y Aldrin pasaron al módulo lunar, llamado Águila, mientras Collins permanecía en el Módulo de mando Columbia. El Águila finalmente se posó en la superficie lunar, en el Mar de la Tranquilidad.

El primero en pisar la superficie de nuestro satélite natural fue Neil Armstrong, el 20 de Julio a las 10:56 hora de Florida, ante la mirada de millones de personas alrededor de todo el mundo que lo observaban a través de la televisión. Mientras descendía por la escalera del módulo, Armstrong proclamó:

Este es un pequeño paso para el hombre,
pero un gran salto para la humanidad.

Aldrin tendría la oportunidad también: al descender del módulo hizo su poderosa descripción de lo que veia: «Magnífica desolación», la llamó.

Tomaron fotografías, manejaron una cámara de televisión y finalmente depositaron una placa metálica con la siguiente inscripción:

Aquí los hombres del planeta Tierra han puesto el pie sobre la Luna por primera vez. Julio de 1969 D.C. Hemos venido en paz en nombre de toda la humanidad.

Después realizaron actividades científicas en un par de salidas: instalaron un reflector de rayos láser destinado a medir con exactitud la distancia entre la Tierra y la Luna, un sismógrafo para registrar terremotos lunares y una pantalla para medir la intensidad del viento solar. Mediante picos y palas recogieron arena y fragmentos de rocas lunares. Volvieron luego al módulo lunar para reunirse con el módulo de mando donde los esperaba Collins. La hazaña finalizó el 24 de Julio con el módulo de mando cayendo en el Pacífico, cerca de Hawai.

Habían regresado sanos y salvos a casa.

Fuente: NASA en español

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