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Un tecnólogo en Macondo - 21. página

Desbaratando el pensamiento mágico en la tecnología

Basura sobre nuestras cabezas

Hace un tiempo hablabamos aquí acerca de la cantidad de satélites que están orbitando la tierra, un número a la vez asombroso y preocupante, ya que la muchos de ellos han dejado de funcionar hace tiempo y sólo esperan el momento de caer sobre nuestras cabezas.

Ahora publica Microsiervos un video original de Online Satellite Calculations, que muestra en tiempo real la posición de cada uno y su órbita. Y lo explican así:

Según los datos de Online Satellite Calculations de los ~13.000 satélites que hay orbitando la Tierra solo están funcionando realmente unos 3.500: el resto están clasificados como basura espacial, lo cual empieza a ser un problema. Antes que eso, otros ~20.000 ya cayeron cuando terminó su vida útil.

Aquí, el video:

Nos cuentan además los amigos de Microsiervos, que «actualmente hay proyectos sobre el papel para duplicar o triplicar la vida útil de esos ingenios espaciales mediante una especie de gasolineras-taller espaciales que los recargarían de combustible y los repararían en órbita.»

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‘Estamos esperando por el primer desastre en la nube’

Publicó ayer la Revista Ñ en su sección «El Espejo»:

La fragilidad de la red de redes
La semana pasada la pequeña revista literaria online 3: AM tuvo un susto que llegó a ser noticia internacional. La publicación con sede en París, pero escrita en inglés, perdió de golpe todo su contenido. Doce años de material. En una nota en The Independent, el editor de la revista, Andrew Gallix, comentó: «Nunca esperé que la gente que almacenaba nuestros contenidos apagarían sus servidores sin ni siquiera avisarnos». 3: AM ya ha recuperado sus datos, pero en la nota de The Telegraph decía, desesperado: «Tendría que haber hecho un respaldo. Pero nunca se me ocurrió.» Moraleja: Internet es más frágil de lo que nos imaginamos.

El mencionado artículo del diario británico relata la desesperación de los editores de la revista, al creer perdidos 12 años de trabajo porque la empresa que alojaba el sitio -responsable además de mantener las copias de respaldo- simplemente había desaparecido sin dejar rastro.

En el artículo opina al respecto Martin Bryant, editor del blog de tecnología The Next Web, y dice: «Hay riesgos en almacenar todo en servidores externos. Hemos tenido suerte de que no ha habido todavía ninguna interrupción masiva. Aun estamos esperando por el primer desastre en la nube. Cruzamos los dedos para que no suceda, pero debemos estar preparados». Y añade: «La gente confía demasiado en la nube. Se ve como un espacio mítico que existe en el éter, en el que todo es seguro. Y no es el caso.»

Lo reconoció el mismo Gallix al decir que debería haber hecho una copia de seguridad en otro lugar, pero que no se le ocurrió.

Nosotros venimos hablando de esto desde hace rato. Tengo la impresión de que lo frágil en todo caso, no es internet -al fin y al cabo, sólo un manojo de cables, circuitos y código- sino nuestro sentido común.

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Era una presentación de Microsoft, ¿cómo no iba a fallar?

Continuando con su larga historia de presentaciones fallidas, Microsoft logró sostener su tan característica tradición haciendo que su nueva tableta Surface se colgara en plena presentación.

Se trata de Microsoft y sus presentaciones. Tenía que fallar.

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Pasado y presente sin futuro

A partir de una investigación que está llevando a cabo, referida a la información que desaparece de internet, tuvimos anoche una muy interesante charla vía chat con mi buen amigo Alejandro Tortolini, periodista de ciencia y tecnología, y coautor con quién esto escribe de la campaña Reinventando el olvido en internet.

Alejandro me comentó que hay investigaciones que demuestran que para la mayoria de los sitios web, en cuatro años pierden más de la mitad de la información que contienen. Si hablamos de una sociedad de la información que se esta construyendo en base a lo que se publica en internet, y la mayoría de esa información no dura más de 4 años, el futuro se ve complicado.

Esta problemática se agrava si tenemos en cuenta las investigaciones sobre la obsolescencia de los soportes y del software.

También mencionó Alejandro en la charla un libro al que se refiere en la presentación de sus investigaciones, titulado «The future of the past», en el que se relata un problema real del Museo de la Tecnología en Washington: la preservación de los soportes y la información choca de frente con la falta de tiempo e infraestructura.

Un ejemplo: el Museo atesora unos discos de vidrio en los que se guardaba información durante la 2da. Guerra Mundial. Esos soportes ya casi no se pueden leer, con el agravante de que en el Museo no tienen tiempo para hacerlo. La cuestión fundamental en todo esto es que, como comenta Alejandro, podriamos estar haciendo una historia de la Segunda Guerra sin conocer todo ese material.

Impactado por estos datos, desconocidos para la mayoría de las personas, recordé, y se lo comenté a Alejandro, cuantas cosas tengo yo guardadas en disquetes todavía, esperando conseguir el soft para poder leerlos y pasarlos a soportes más actuales. Y no estabamos hablamos de tanto tiempo atrás. Sólo 15 o 20 años.

En mi caso, y por citar sólo un ejemplo, tengo trabajos guardados en la versión 1 de Corel Draw!, por ejemplo, que ninguna versión posterior de Corel lee, lo cual es por definición una locura. ¿Cómo puede ser que condenen al usuario a perder material por ese tipo de cosas?

Y lo más triste es que lo aceptamos con resignación. Lo poco que se reflexiona sobre estos temas es realmente preocupante.

Volviendo a la cuestión de la pérdida de información en internet, Alejandro me contó en la conversación una experiencia personal: cuando comenzó a investigar para armar la charla sobre el tema, revisó de atrás para adelante sus marcadores en Delicious, comenzando desde el 2007 hacia lo más actual, y se encontró con que una cuarta parte de los sitios marcados había desaparecido. Esto lo llevó a imaginar, a modo de paralelismo, una biblioteca en donde desaparecen la cuarta parte de los libros a los cuatro años. ¿Confiaríamos en una biblioteca asi?

Sin lugar a dudas, visto de ese modo, si no logramos hacer algo para revertir esta tendencia parece no haber futuro para nuestro pasado. Y tampoco, obviamente, para nuestro presente.

Lectura recomendada: «La frágil memoria de la informática», Revista Ñ, 10/02/2012.

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Duerme, duerme, yo velaré por tus datos…

No, no es una frase de alguna película famosa -sería de terror, por cierto-, aunque sí podría ser la letra de la canción que Google está tocando en estos días como banda de sonido de la presentación de GDrive, el nuevo servicio de almacenamiento masivo que ofrece el gigante de internet. Simplemente, se me ocurrió al leer algunos comentarios y post al respecto de lo que GDrive ofrece -y reclama- al usuario de su servicio.

Ya nos viene advirtiendo Richard Stallman, el padre del software libre, desde que se comenzó a hablar de «alojar en la nube»:

La nube es peor que la estupidez, ya que es una pérdida del control de los datos.

Stallman es un poco fundamentalista en este sentido, y está bien, creo que debe serlo por su lugar fundante en toda esta discusión. Yo no lo soy… tanto, pero creo humildemente que cae de maduro que esto es parte del «fabuloso mecanismo de control social», como refiere Diego Levis al hablar de Facebook. Aquí podría aplicarse la misma verdad intrínseca.

En las condiciones de servicio de Google, la empresa le advierte al potencial usuario -y digo «potencial» porque debería leerlo ANTES de aceptar cualquier cosa… Usted, lector, ¿lo leyó?:

Cuando suba o de otro modo envíe contenido a nuestros Servicios, otorgará a Google (y a aquellos con quienes trabajamos) una licencia internacional para utilizar, alojar, almacenar, reproducir, modificar, crear obras derivadas (como las traducciones, adaptaciones o modificaciones que hacemos para que su contenido funcione mejor con nuestros Servicios), comunicar, publicar, ejecutar públicamente y distribuir dicho contenido. Los derechos que usted otorga en esta licencia son para el objetivo limitado de operar, promocionar y mejorar nuestros Servicios, y para desarrollar otros nuevos. Esta licencia subsistirá aún cuando usted deje de utilizar nuestros Servicios (por ejemplo, de una empresa que usted haya agregado a Google Maps). (…) Asegúrese de tener los derechos necesarios para otorgarnos esta licencia para cualquier contenido que envíe a nuestros Servicios.

Confieso que estuve tentado de buscar frases del estilo «estás al horno, flaco» en el resto del texto, pero como es obvio hubiera sido una redundancia. Es un coloquialismo innecesario porque al usuario ya lo engancharon para todo el viaje, siguiendo con las expresiones de la popular. Todo lo que el usuario haya subido o suba en el futuro les pertenece. Para un uso limitado, según dicen, pero les pertenece. La pregunta que surge es ¿quién pone esos límites? Pero ya será tarde.

Usted y yo sabemos qué cosas hemos guardado en nuestra computadora de nuestra casa o de la oficina. Sabemos cuando borrarlo y, por regla general, nadie más que nosotros accede a la información almacenada en nuestra computadora. Pero sin dudas requiere un «acto de fe» de nuestra parte creer que «ellos» -usted que leyó «El Eternauta», implique- velarán por nuestra información y no van a usarla, y ni siquiera nos espiarán para ver que hacemos.

¿Quién maneja el botón de encendido -y apagado- de la computadora de Mr. Google?

Por mi parte, y reconociendo los beneficios de un sistema de este tipo, sólo lo usaré para cuestiones ligeras, como algún práctico de los alumnos o información sin mayores consecuencias. Y explicando los riesgos.

En lo profundo de mis convicciones, confieso, creo que nos siguen cambiando oro por baratijas.

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Exigiendo la privacidad de lo público

Esta mañana, y conociendo mi seguimiento de la cuestión de la privacidad en internet, Silvina Carraud me hizo llegar la viñeta de más arriba.

Una vez más, el humor viene a hacer su aporte a situaciones de la vida -en este caso, con su connotación de cuestiones relacionadas con la privacidad, tema álgido si los hay en el terreno del uso de las nuevas tecnologías-, ironizando sobre un tema por demás frecuente: el reclamo de privacidad de aquellos que hacen público lo privado.

Y se sabe: el mundo digital está lleno de este tipo de personas. Desde artistas hasta usuarios de a pié publican asuntos privados y aun íntimos en redes sociales y foros -ideas, textos, fotos-, para después reclamar cuando las papas queman y ya es tarde.

La gran verdad detrás de esto es que una vez que la pieza de contenido toma estado publico, escapa al control de quién la publicó.

Por eso insistimos: pensá ANTES de publicar. Después, puede ser demasiado tarde.

Fuente: La Pulga Snob

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Involución

La foto, tomada en Madrid y publicada en WTFMicrosiervos, es por demás explicita y bastante delirante; una mezcla de avivadas y torpezas por partes iguales.

Voy a ver si hago mi propio negocio, vendiendo mp3 en vinilo o mpeg4 en cintas de 35mm.

En fin. De algo hay que vivir…

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Saltar de la sartén al fuego

Desde el accidente nuclear en Fukushima, Japón comenzó a apagar sus 54 reactores atómicos: ahora tiene sólo 2 en funcionamiento. Y en mayo dejarán de funcionar. El gobierno japonés dice estar dispuesto a pagar lo que sea necesario para garantizar su seguridad nuclear. En 2011, el país aumentó sus importaciones de combustible fósiles de US$ 221 mil millones a 276 mil millones. Además aumentó la importación de gas, fuel y carbón para cubrir la falta de electricidad provocada por el apagón nuclear.
Publicado hoy en Clarin.com

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Un planeta con techo de chapa

O casi. Según publicó Microsiervos la semana pasada, a partir de un video desarrollado por Leon Fiedrich -titulado «Una rápida historia de satélites en el espacio»-, entre los años 1957 y 2010 se lanzaron 6910 satélites, de los cuales 3395 terminaron su vida útil y nada menos que 3494 siguen aun sobre nuestras cabezas.

Mucha chapa, ¿no es cierto? Y con un paraguas no va a alcanzar, si empiezan a caer…

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Klout, o la invasión a la privacidad como excusa

Cuando eramos chicos, nuestros mayores siempre nos advertían sobre determinadas cuestiones de la vida o sobre la conveniencia o no a futuro de ciertas relaciones que se veían venir. Las consabidas frases «cuidado, que te vas a lastimar» de pequeñitos, o «Fulana -o Fulano- no me gusta, no es para vos» ya de grandes, son lugares comunes que todos recordamos con más o menos cariño y más o menos arrepentimiento. Lo que solíamos ver como una intromisión en nuestra vida era, la gran mayoría de las veces, un intento fundado en el aprecio, un esfuerzo por evitarnos el mal trago o el dolor a partir de la propia experiencia de vida del mayor que nos advertía.

A nivel social e histórico ha sucedido esto también en infinidad de ocasiones. Determinados hechos han tenido su previo llamado de atención que la mayoría, ya sea por cuestiones políticas, económicas o de otro tipo desoyeron en su momento, todos con consecuencias más o menos trágicas.

Como viviendo en un estado permanente de adolescencia tardía, en el plano de nuestra experiencia como usuarios en internet, me parece, estamos justamente recorriendo esta etapa de negación de las señales que van apareciendo; señales con forma de excusa, de aparente beneficio que algunos celebran y otros niegan, pero que todos estamos pagando en términos de invasión de nuestra privacidad, rumbo a un control de la información como nunca antes se ha visto.

Hablábamos ayer con Alejandro Tortolini sobre un artículo publicado en el New York Times, acerca de padres preocupados porque Klout crea en forma automática perfiles de sus hijos. Ante mi desconocimiento, Alejandro tuvo la amabilidad de explicarme que Klout es un servicio que mide la ‘influencia’ de las personas en las redes sociales. Empezó midiendo lo que un usuario hacía en Twitter -midiendo cantidad de seguidores, cantidad de ‘retuits’, etc- y después comenzó a agregar otras redes como LinkedIn y Facebook. Con esa información elabora el ‘indice Klout’, que nos dice que clase de protagonista somos en las redes sociales.

Como buen docente que es, me pasó el link de su propio perfil en Klout para que lo viera en funcionamiento, y para mi sorpresa descubro que, confirmando la denuncia de aquellos padres al periódico, Klout había creado automáticamente un perfil mio por el sólo hecho de tener un contacto de red asiduo con Alejandro y aparecer entre sus contactos. A su vez en mi perfil, creado a partir de mi actividad en Twitter, aparecen mis contactos más asiduos, y así hasta el infinito.

Todo un perfil creado con información tan parcial, recortada y subjetiva como puede ser la que se obtiene de mi participación en Twitter, y sin permiso.

Me temo que en esa mirada distraida, ingenua y rebelde de adolescente con que estamos viendo pasar estas cuestiones, no estamos advirtiendo que todas ellas están confluyendo hacia el mismo punto: la obtención de nuestra información personal. ¿Con qué fines? Eso está por verse, pero la historia de la humanidad no es alentadora en cuanto a sus buenos propósitos.

Somos gente grande con mirada de ‘a mi esto no me va a pasar’; adolescentes digitales que no nos damos cuenta de que la mercancía en intercambio en estas excusas de avanzada somos nosotros mismos.

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